martes, septiembre 26, 2017

Martes

Foto: Graciela Barrera

Hace una semana pude (pudimos) haber dado una paso atrás o un paso adelante. Pero decidimos quedarnos en el instante.

Éramos conversación entre el ruido. Éramos una taza de café. Éramos el recuerdo de un beso deseado. Éramos un libro abierto. Éramos la caminata de un perro callejero. Éramos el aula aprendiendo otra lección. Éramos la cotidianidad laboral. Éramos el desasosiego por la impunidad. Éramos la esperanza por la Palabra. Éramos…

Yo era el tendedero recién libre de la ropa mientras mis botas rechinaban al no poder detenerse ante el terremoto.

Éramos todo. Éramos nada.

Fue martes y hoy es otro martes. ¿Quién podrá olvidar un 19 de septiembre?

Apenas una semana y seguimos saliendo entre nuestros propios escombros.

Nuestra alma es un pájaro revoloteándose hasta encontrar su nido de paz.

Puedo declarar lo mismo que Pablo Neruda: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


viernes, septiembre 08, 2017

Alma y mi crónica temblorosa

Fotografía: Graciela Barrera
Ayer jueves, observé el cielo desde mi escuela. Siempre lo hago. Ningún día es igual. Pensé en el acercamiento del huracán. Este pueblo que habito, siempre está lleno de lluvia.  Lluvia y lluvia es el acompañamiento al canto de los jóvenes que revolotean por las tardes en la escuela.

Llegué a casa satisfecha por la tarde vivida. Por otro aprendizaje más. Y porque me alegra que mis compañeros de aula y yo, hemos tenido conversaciones de reflexión y análisis con nuestras materias en común. Les compartí la canción “Hoy puede ser un gran día” y finalicé diciéndoles que pensaran en sus vidas: cómo querían transformarlas; cómo ejercer entre la adversidad; como disfrutar cada día; cómo mirar el cielo. Y un sinfín de preguntas retóricas.

Mientras me preparaba para dormir, semiacostada con Alma, mi perra que ya no es callejera, pensé en el triángulo amoroso de los huracanes, pensé en tanta catástrofe, pensé en aquellos que le echan la culpa de todo a Dios y tuve otros pensamientos. Enseguida le pregunté a Luis que si podría haber un temblor entre tanta lluvia. Simplemente pregunté.

Cómo iba a yo saber que una hora después, mi cama temblaba. Creí que Alma era la que se movía. Pero, no. La intensidad del movimiento aumentó. Escuché el ruido de la silla. Y creí que un monstruo estaba debajo de mi cama. Sí, cómo lo leen. ¡Un monstruo! Qué cabeza tan loca tengo yo.

Me levanté y me quedé en la puerta de la recamara. Empecé a marearme y clamé a Dios. Los dos minutos que duró el sismo para mi fueron una eternidad. No dejé de clamar a Dios.

No pensé en la muerte. No tenía miedo. Solamente estaba impactada por tal suceso. Ahora que escribo esta sensación puedo compararla cuando recibí mi diagnóstico oncológico. Desde hace dos años, no sentía este aturdimiento.

Mi mareo duró horas, seguramente por la hipertensión que sobrellevo. No lo sé. Repito: no tenía miedo. Fue pensar en mis jóvenes: ¿alguno de ellos estará recordando nuestras charlas y será fuerte? Y fue pensar en mi hija, en mi madre, en mi familia, en mis amigos, en mis compañeros de trabajo y en el mundo que nos aflige. Un sismo de 8.4 con exceso de lluvia tiene su gracia.

México y sus cincuenta millones de habitantes que experimentaron este sismo tendrán su propia historia. No la olvidarán. Porque todavía nos persigue el año 1985. Y porque estamos vulnerables a todo lo que sucede en nuestro entorno. Entonces, yo recuerdo esa declaración potente en el Dios que creo: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad; yo he vencido al mundo". Seguiré clamando a Dios por todos los que están padeciendo.

Mientras el sismo estaba en acción, Alma siguió dormida. No se inmutó. No despertó. Estuvo plácidamente dormida. 

Alma, tiene un alma estable. Yo también quiero ser como ella.