domingo, diciembre 23, 2012

Parpadeo

Ilustración: Adrienne Ségur



Tras el velo del párpado,
un mundo extraño y nuevo.
Lewis Carroll


Desde mi infancia no había vuelto a leer Alicia en el país de las maravillas. Disfruté muchísimo con esta segunda lectura de un libro valioso para mí. Libro obsequiado en mi nacimiento por mi Capitán, el que zarpó a mejor mar en abril de este año. Una edición maravillosa de Ernesto Flammarion y hermosamente ilustrada por Adrienne Ségur. Mientras lo leía, me creí Alicia. Y he despertado y he dicho lo mismo:

 —¡Oh, Dios mío! ¡Qué extraño es hoy todo! Ayer todo era normal. ¿Habré cambiado durante la noche? Tengo que reflexionar: cuando me he levantado esta mañana, ¿era la misma de ayer? Me parece recordar que me sentí un poco distinta. Pero si no soy la misma, ¿quién soy? ¡Qué difícil problema!

Y es que ha pasado otro año más en mi vida. Tan veloz como si el reloj no existiera o jugara con sus manecillas. Como si el calendario estuviera de adorno sobre el eco de una pared. Un año lleno de horizontes que cambiaron en un parpadeo. Porque, aunque uno se esmere o pretenda que cada día será un derrame de felicidad, no es así. Y no siempre está en nuestras manos cambiar el destino. Entonces pienso que para eso están las letras, para escribir la historia que no se vivirá. Pero la vida es otra, la real, la que se vive días tras día: la muerte que nos llega, la desolación del adiós, las sábanas enfermas, los pleitos innecesarios, las lágrimas de la ausencia, el cansancio laboral, el insomnio por el recuerdo, las caídas de una bicicleta, los golpes por las palabras, las heridas por el amor, el hambre del prójimo, las batallas de un país por ser mejor. O los premios acumulados, el dinero mal gastado, las conversaciones entre el café de los otros, el ofrecimiento de la vida, del mundo raro y extraño en que vivimos. Y el año avanza como si llegáramos a tocar las nubes y nos transformáramos en estrellas o en pájaros o en la levedad de una hoja que cae por el soplo suave del viento. Y, entre el bien y el mal, siempre están los amigos, los libros, el cine, la música, las caminatas, el jardín y los animales que no son míos. Y una copa de vino cae lentamente, solo para recordar que, al quebrarse, el año puede ser otra rotura en el alma o una madeja de hilos enredados. Listos para ser una cortina o simplemente decidir dejar la ventana abierta para que el amanecer sea la bienvenida de nuestros ojos.

Otro año que se va. Y ahora recuerdo ese verso de Pablo Neruda: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Y vuelvo a sentirme Alicia, porque “Alicia estaba de tal modo acostumbrada a lo extraordinario, que el curso normal de la vida le resultaba aburrido y fastidioso”.

Yo, que me siento que vivo en un castillo, que me conformo con poco y que también me altero con mucho, yo, que deseo ser, existir, vivir y volver a ser. Yo soy esa Alicia que sueña que vive. La que se atreve a preguntar solo porque quiere crecer. Y vivo y sueño y pienso en Dios.

Un año más para despedirlo con dignidad y darle las gracias por lo que me dio, por lo que me quitó y por lo que me regresó.

Sonrío y declaro con Alicia: —¿Será que voy a atravesar la Tierra?



2 comentarios:

Luis David Meneses dijo...

Da gusto celebrar el adiós de un año con letras que has pensado especialmente para él, y no con otras que ya habías escrito, como dicen algunos que tenías pensado. Vaya un asteriónico abrazo hasta tu puerta. Y si lo dejas pasa, que entren con él también las alegrías que nos han traído tus letras.

Índigo dijo...

En este año, nuevo, en este 2013 que agarró de la mano las cenizas del fuego de 2012, intentaré estar y ser entre tus palabras y tus ojos, un poquito más. Un abrazo grande, Graciela querida.