sábado, septiembre 01, 2018

Crónica de Sismo, Patricio Sanz 37-404

Fotografía de Graciela Barrera

Creo que la mayoría de los mexicanos no han olvidado los terremotos del 19 de septiembre de 1985 y 2017. En lo personal, las experiencias fueron abrumadoras, pero, sobre todo, muy dolorosa la del año pasado. Después de cinco horas con el agobio de no poder comunicarme con Bethania y que, finalmente me enteré que estaba bien, proseguí constatando que mis amistades y familiares de la ciudad de México se encontraban estables. Pero, alguien no aparecía y no daba señales. Mi corazón latió buscándolo hasta que después de un par de días, me enteré que mi apreciado amigo José Romero, era un sobreviviente del terremoto.

José Romero, cineasta y escritor, sabe perfectamente que la imagen y la pluma son armas poderosas para vivir intensamente, a pesar de la adversidad. Y con esta terrible vivencia, decidió escribir Crónica de Sismo para externar todos sus sentires, a pesar del dolor físico y emocional. Romero se encontraba en el cuarto piso del edificio ubicado en Patricio Sanz cuando sucedió el terremoto. Quedó atrapado con una fractura triple en su pie y pudo salir entre el edificio colapsado.

El libro es pequeño en su formato, pero es un libro gigante con todo su contenido. Fue escrito –día a día- durante su convalecencia. Son 40 textos; 40 palpitaciones de un corazón fuerte y sensible; 40 caminos que nos dejan tocar lo más íntimo de su ser: narra sus emociones y temores.  Cuarenta días seguidos solo por el hecho de saber que la escritura tiene un efecto sanador.

José Romero ha vuelto a caminar y se levanta con más fuerza. A un año de la tragedia, este libro nace de la reconstrucción personal para compartir la memoria a todos aquellos que desean salir adelante y recordar que todo puede superarse si uno acepta la rehabilitación que nos ofrece la vida.



martes, agosto 28, 2018

Trece años de blog

Imagen de Henn Kim

Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida.
Clarice Lispector


Mi Blog  nació por la necesidad de escribir y, más que todo, para aprender a escribir. Han pasado trece años y todavía no aprendo a escribir. De una cosa sí estoy segura: el blog ha sido una bendición. Al blog le debo conocer tantas personas maravillosas que aún siguen a mi lado, sin impedirnos que la admiración y el afecto no sean obstáculos de la distancia que nos separa por los miles de kilómetros o por un océano. ¡Nuestros blogs nos unieron!

El blog es historia importante en mi vida. Ha sido el hogar de mi tinta para comentar desde libros, películas, música, eventos, crónicas, relatos, vivencias, poesía, fotografías, gustos personales, hasta el azul de la intimidad. Cuántos cuadernos se quedaron en el cajón porque no quisieron aparecer en el blog.  Trece años de un crecimiento maravilloso. De que las palabras ajenas se convirtieron en voz y en brazos y en cuerpo y en mirada y en libros y en todo.  

Actualmente, la modernidad de las redes me ha provocado  olvidar abrir las ventanas del blog. No sé si los blogs han pasado a la historia. Confieso que disfruto más el reto y la brevedad de las pocas palabras en Twitter. Pero estoy segura que mi blog permanecerá en el mar de internet y supongo que llegarán otros barcos a dejar su ancla sobre mis letras.

¡Muchas gracias a todos los ojos que se detuvieron ante mí!

Soy lo que dijo Octavio Paz: Las palabras son mis ojos. También soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea.


lunes, julio 16, 2018

Cierta distancia

Fotografía: Graciela Barrera
Estuve en el consultorio de uno de mis médicos. Este doctor, en particular, atiende conforme uno llega y, la consulta tarda mucho. Cada vez que voy, llevo un libro para que mi tiempo se haga leve. Así que, en el consultorio empecé a leer Cierta distancia de Miguel Sanfeliu. Es el quinto libro de mi amigo español que conocí hace trece años a través del blog.

Cierta distancia es un manual de supervivencia para amantes de la literatura. Ah, que placer a los ojos para enterarse de tantos escritores: los famosos y los no tan conocidos. Un paseo tan extraordinario que te lleva de la mano para hablarte de la pasión por la literatura y por reconocer el camino laberíntico que es la escritura.

Mientras esperaba en el consultorio, llegaron unos agentes de medicinas y empezaron a conversar entre ellos. Tuve que detener mi lectura porque constataba lo que había leído: “Alguien escribe porque siente la necesidad de explicarse la realidad, de manipularla, de interpretarla, no sé, tal vez uno se decide a escribir porque no le satisface lo que le rodea”. Caray, yo ya me estaba imaginando un texto con la conversación de estos agentes. Y por las cinco horas de espera para ver a mi doctor.

Cierta distancia es una joya de libro: es una comprensión para los escritores publicados, para los que tienen interés en publicar y para los que desean seguir inéditos, pero que escriben día a día. Es una comprensión para cuando se visitan las librerías y se desea tener casi todos los libros. Es una comprensión para adentrarse en el corazón de los escritores mencionados. Y, sobre todo, para palpar el ser de Miguel Sanfeliu: no concibe su vida sin la escritura. Y declara: Un escritor es alguien que contempla su propia vida desde cierta distancia.



domingo, mayo 13, 2018

Yo también me acuerdo de mis maestros

Pintura de Edward Hooper

Me acuerdo de mi maestra de piano cuando me dijo que mis manos no servían, que solo aporreaba el piano y fue entonces cuando me comparó con mi hermano. 

Me acuerdo de mi maestra de matemáticas que me reprobó a propósito estando yo aprobada y fue entonces cuando me comparó con mi hermano. 

Me acuerdo de mi maestra de inglés que se rió cuando no supe pronunciar la palabra “refrigerador” y fue entonces cuando me dediqué a leer y no hablar nada.

Me acuerdo de mi maestra de diseño gráfico cuando me dijo que mis manos no servían y me buscara otra actividad artística y fue cuando toqué la puerta de fotografía y encontré un amor pasajero.

Me acuerdo de la mayoría de mis maestros de bachillerato que se dedicaban a hablar y a fumar y no me mostraban el mundo que yo quería aprender.

Sí, me acuerdo y agradezco a todos esos maestros que no me tuvieron paciencia, ni comprendieron que yo necesitaba otro tipo de enseñanza, ni creyeron en mí, porque lo único que lograron fue que no claudiqué, ni me traumé y seguí adelante con esos estudios. Ellos no sabían que yo vivía entre piedras.

Pero también…

Me acuerdo de mis padres y hermano por lo que me enseñaron.

Me acuerdo de mi maestra de sexto de primaria cuando descubrió que yo sí era inteligente y me retó a llegar a la fila de la calificación del 9.

Me acuerdo de mi maestra de español de la secundaria que siempre alabó mi lectura en voz alta y me ponía de ejemplo. Y me fomentó el gusto por la Literatura y el Teatro.

Me acuerdo de todos mis maestros de la Universidad que transformaron mi mundo. Y qué decir del maestro que me dijo con tanto cariño que me apartara del mal ambiente y me dedicara a estudiar. Y del director de la Facultad que me distinguía con viajes y un día fui a parar a los Pinos para conocer a un Presidente. Yo me acuerdo de todos, de cada uno de ellos, porque me dejaron trascendencia.

Me acuerdo de mis maestros de Biblia que me enseñan a abrir los ojos y los oídos.

Me acuerdo de mi asistente doméstica, del vendedor de flores, del jardinero, del cartero, del mesero, de la costurera, del mecánico, del panadero, del albañil, del carpintero, del herrero  y de toda esa larga lista invisible que me ha enseñado su grandioso mundo.

Me acuerdo de todos los anónimos que me han enseñado sin saberlo.

Me acuerdo de todos los niños que corren, bailan, juegan, ríen y me enseñan a ser mejor persona.

Me acuerdo de los jóvenes que me enseñan a no perder la esperanza.

Me acuerdo de los ancianos que me enseñan  a través de su debilidad física.

Me acuerdo de los perros, gatos, pájaros, mariposas,  hormigas, ardillas, conejos, burros, caballos y tantos que se han atravesado en mi camino y me han dado una alegre enseñanza.

Me acuerdo de los cineastas, escritores y músicos,  sin ellos mi aprendizaje no crecería.

Me acuerdo de mis amigos artistas que con sus conversaciones me enseñan a amar el mundo.

Me acuerdo del escritor que me enseñó el camino sin final para aprender a escribir.

Me acuerdo de mis maestros virtuales que me dieron enseñanzas sin dejar de sonreír.

Me acuerdo de mis amigos virtuales que me han enseñado tanto a través de sus países y de sus escritos.

Me acuerdo de mis maestros de natación, de música, de danza, de gimnasia, de pintura, de fotografía, por enseñarme que sin arte no hay vida.

Me acuerdo de todos los maestros que me han dado diplomados y cursos y me han enseñado nuevos panoramas.

Me acuerdo de mis médicos que me han enseñado mucho,  solamente por el simple hecho de preguntar cómo mejorar mi organismo.

Me acuerdo de cada una de mis amistades que con sus oficios y profesiones me han enseñado otro camino maravilloso diferente al mío.

Me acuerdo de mi familia espiritual que me enseña a esperar con fe y a no claudicar.

Me acuerdo del pasaje de amor que escribió el apóstol Pablo y que a veces me es tan difícil aprender.

Me acuerdo de mi actual hogar, porque cada día, encuentro la voz de la enseñanza con sus dos integrantes.

Me acuerdo de todos los compañeros del pasado en mis diversos trabajos que me enseñaron a vencer obstáculos.

Me acuerdo de  mis actuales compañeros de trabajo que me han enseñado cómo trabajar en el aula sin miedo.

Pero, sobre todo, me acuerdo de mis compañeros de aula, por los que fueron y por los que son, porque sin ellos y sin su enseñanza, mi aprendizaje sería en vano.

Sí, también me acuerdo que los maestros y las enseñanzas no se acabarán.

Con pudor, me acuerdo de mí. Porque vencí al árbol muerto que me ataba a que mi nombre no floreciera por sí solo.

Y, por supuesto, me acuerdo de ti, que pasas por este muro y lo haces puente, enseñándome otra mirada, otro canto, otro pensar.

¡Gracias!




miércoles, mayo 09, 2018

Bendigo a todas las madres

Fotografía de Graciela Barrera


A las madres que han visto fallecer a sus hijos. A las madres que han perdido a sus hijos de manera injusta. A las madres que han padecido el secuestro de sus hijos. A las madres que tienen a sus hijos en la cárcel. A las madres que tienen a sus hijos en los hospitales. A las madres que vieron nacer a sus hijos con una enfermedad incurable. A las madres que han luchado solas y han levantado a sus hijos. A las madres maltratadas, desconsoladas y abandonadas. A las madres que han tenido cáncer y han causado dolor a sus hijos. A las madres que no siendo madres, han sido importantes en la vida de muchos. A todas las madres, por cada día, yo las bendigo.

Bendigo a mi abuela, por un 10 de mayo en que yo recibí un telegrama del cartero donde anunciaba la muerte de su hijo. El dolor de sus ojos azules cambiaron a grises y la fecha no volvió a ser igual.

Bendigo a mi madre, porque siendo una intelectual académica en la Universidad Veracruzana, ahora tiene Alzhéimer y me recuerda poco.

Bendigo a Eunice Meneses, por ser mi madre espiritual.

Bendigo a mis queridas amigas que me cuentan sus experiencias de cómo ser mejor madre.

Y bendigo a mi hija, porque todavía, me enseña a ser madre.



viernes, enero 12, 2018

12 de enero

Foto: Bethania
Hace tres años me aplicaron morfina para que no sintiera dolor. Hace tres años tuve el rostro más hermoso y radiante debido a la morfina. Hace tres años creí que todo seguiría normal. Hace tres años llené frascos de lágrimas por el cambio rotundo. Hace tres años decidí levantarme y seguir adelante.

Este año constato que, Enero, es el mes de debatir con Dios: ¿Por qué azota mi organismo y me lleva a la cama cuando supuestamente es inicio de año y hay muchas cosas por hacer?

Mis últimos tres años han sido así. Enero diagnostica y el resto de los meses son un vaivén. Y no es nada grato. La edad avanza y la recuperación es más lenta. Pero, en la lentitud, cuando hay desesperación de mirar la luz, me detengo a reflexionar y termino diciéndole a Dios: ¿Ahora qué quieres mostrarme? Él guarda silencio y su silencio me da la respuesta: Tú descubre qué es lo que quiero.

Y cuando pierdo el ánimo de escribir, me sentencio: Hay que escribir con la enfermedad. Y dejar que Dios se manifieste en cada letra.

Yo quería olvidar esta fecha. Dejarla atrás. Enterrada. Pero, acabo de comprender que, después de todo, ¿por qué habría de olvidar la fecha que cambió mi mundo?

Ahora, aunque el camino sea angosto, disfruto cada escalón y prosigo la meta.

Qué bello es vivir.



martes, enero 02, 2018

Año Nuevo

Pintura de Marc Chagall
La vida me dice que soy la diosa de mis hojas en blanco y que puedo armar la historia que se me venga en gana. Escribir por ejemplo: Mi fin de año no fue cómo yo creí que sería: lejos de mi hogar, sin aretes y con un cerebro perdido. En el silencio pude constatar que la vida te mueve para que uno no se estanque. Y para reírse de uno mismo y recordar que nada es perfecto. Que cualquier día puede ser esplendoroso aunque sea un pájaro enjaulado. Despertar sabiendo que un 2 de enero puede ser el inicio de un Año Nuevo. Despertar para volver a encontrarme con el amor. Mirar y callar. Escuchar y pensar. Desear y amar. Saber que tiene vida. Que yo tengo vida. Atreverse a escribir aunque nadie comprenda el latir de un reloj que no se usa para no ser esclavo de nada, ni de nadie. Ahora sé y estoy segura, que cada día será una oportunidad para que en mi organismo fluyan ríos de agua viva, mi corazón tenga plenitud y mis pensamientos se sostengan con la fe sembrada en la Palabra que no vuelve vacía.


sábado, diciembre 09, 2017

Mi memoria tiene nombre: Clarice Lispector


Mi memoria no olvida al hombre que, hace trece años, me presentó el mundo de Clarice Lispector.

Clarice vino a revolucionar mi cabeza y mis manos. Se convirtió en mi compañera fiel. Podría decir muchísimo de ella,  por ejemplo: Giorgio de Chirico pintó su rostro y Caetano Veloso le compuso una canción. (Además de sus largas conversaciones telefónicas con él). O, que yo, conversé con Nélida Piñon y me contó de su profunda amistad con Clarice.

Pienso en todos los que la han invocado. Pienso en mi querida Isabel Mercadé que es especialista en su obra. Pienso en mi atrevimiento de usar el nombre de Clarice como seudónimo en este blog, que, además, aquí hay muchos textos dedicados a ella. Pienso en los que deseo que la conozcan y amen sus letras.

Qué difícil se me hace elegir una frase de Clarice para ponerla aquí. Se me juntan tantísimos de sus latidos que, ¿cuál comparto? Mejor, te invito a que…

Clarice Lispector nació el 10 de diciembre de 1920 y murió el 9 de diciembre de 1977.


martes, septiembre 26, 2017

Martes

Foto: Graciela Barrera

Hace una semana pude (pudimos) haber dado una paso atrás o un paso adelante. Pero decidimos quedarnos en el instante.

Éramos conversación entre el ruido. Éramos una taza de café. Éramos el recuerdo de un beso deseado. Éramos un libro abierto. Éramos la caminata de un perro callejero. Éramos el aula aprendiendo otra lección. Éramos la cotidianidad laboral. Éramos el desasosiego por la impunidad. Éramos la esperanza por la Palabra. Éramos…

Yo era el tendedero recién libre de la ropa mientras mis botas rechinaban al no poder detenerse ante el terremoto.

Éramos todo. Éramos nada.

Fue martes y hoy es otro martes. ¿Quién podrá olvidar un 19 de septiembre?

Apenas una semana y seguimos saliendo entre nuestros propios escombros.

Nuestra alma es un pájaro revoloteándose hasta encontrar su nido de paz.

Puedo declarar lo mismo que Pablo Neruda: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


viernes, septiembre 08, 2017

Alma y mi crónica temblorosa

Fotografía: Graciela Barrera
Ayer jueves, observé el cielo desde mi escuela. Siempre lo hago. Ningún día es igual. Pensé en el acercamiento del huracán. Este pueblo que habito, siempre está lleno de lluvia.  Lluvia y lluvia es el acompañamiento al canto de los jóvenes que revolotean por las tardes en la escuela.

Llegué a casa satisfecha por la tarde vivida. Por otro aprendizaje más. Y porque me alegra que mis compañeros de aula y yo, hemos tenido conversaciones de reflexión y análisis con nuestras materias en común. Les compartí la canción “Hoy puede ser un gran día” y finalicé diciéndoles que pensaran en sus vidas: cómo querían transformarlas; cómo ejercer entre la adversidad; como disfrutar cada día; cómo mirar el cielo. Y un sinfín de preguntas retóricas.

Mientras me preparaba para dormir, semiacostada con Alma, mi perra que ya no es callejera, pensé en el triángulo amoroso de los huracanes, pensé en tanta catástrofe, pensé en aquellos que le echan la culpa de todo a Dios y tuve otros pensamientos. Enseguida le pregunté a Luis que si podría haber un temblor entre tanta lluvia. Simplemente pregunté.

Cómo iba a yo saber que una hora después, mi cama temblaba. Creí que Alma era la que se movía. Pero, no. La intensidad del movimiento aumentó. Escuché el ruido de la silla. Y creí que un monstruo estaba debajo de mi cama. Sí, cómo lo leen. ¡Un monstruo! Qué cabeza tan loca tengo yo.

Me levanté y me quedé en la puerta de la recamara. Empecé a marearme y clamé a Dios. Los dos minutos que duró el sismo para mi fueron una eternidad. No dejé de clamar a Dios.

No pensé en la muerte. No tenía miedo. Solamente estaba impactada por tal suceso. Ahora que escribo esta sensación puedo compararla cuando recibí mi diagnóstico oncológico. Desde hace dos años, no sentía este aturdimiento.

Mi mareo duró horas, seguramente por la hipertensión que sobrellevo. No lo sé. Repito: no tenía miedo. Fue pensar en mis jóvenes: ¿alguno de ellos estará recordando nuestras charlas y será fuerte? Y fue pensar en mi hija, en mi madre, en mi familia, en mis amigos, en mis compañeros de trabajo y en el mundo que nos aflige. Un sismo de 8.4 con exceso de lluvia tiene su gracia.

México y sus cincuenta millones de habitantes que experimentaron este sismo tendrán su propia historia. No la olvidarán. Porque todavía nos persigue el año 1985. Y porque estamos vulnerables a todo lo que sucede en nuestro entorno. Entonces, yo recuerdo esa declaración potente en el Dios que creo: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad; yo he vencido al mundo". Seguiré clamando a Dios por todos los que están padeciendo.

Mientras el sismo estaba en acción, Alma siguió dormida. No se inmutó. No despertó. Estuvo plácidamente dormida. 

Alma, tiene un alma estable. Yo también quiero ser como ella.