domingo, abril 21, 2013

Separadores

Foto: Graciela Barrera


Ponerle el separador al libro es dejar una llamada en espera.

Lo que más extraño al leer libros digitales es mi separador.

No sé todavía el origen de cómo surgieron los separadores. Ni tampoco recuerdo cómo se inició mi gusto por ellos, pero quiero creer que empezó cuando me dolía doblar las hojas de los libros, pensaba que era un moretón o un pellizco o una falta de respeto a su cuerpo de hojas. Así que empecé a usar los boletos de los camiones o las hojitas de los árboles y, con el tiempo, descubrí los separadores en las librerías. Y después, al asistir a las exposiciones pictóricas, en la tienda de souvenirs siempre había separadores. Comprarlos o recibirlos de regalo, me provocaba una gran alegría. Llegaba a casa y buscaba a los nuevos libros que me esperaban para adentrarme en sus historias. A cada libro le entregaba un separador mientras yo llegaba a su destino para leerlo. Pensaba que era la forma en que ellos estarían acompañados y a veces me imaginaba su charla entre letras.

Con frecuencia paseo entre mis libreros y elijo libros al azar. Ahí me encuentro con separadores que se quedaron atrapados entre los libros que no terminé, seguramente no me gustaron,  pero, de alguna manera, volver a abrirlos es la oportunidad para darles una segunda mirada. También veo separadores que están hasta el final del libro, como un indicador de que permanecerán juntos. También observo que tengo pocos libros que traen esos lindos listones rojos.

Hace poco abrí mi cajón de recuerdos y vi una pequeña bolsa, la abrí y ahí estaban muchísimos separadores. Sí, me volví una coleccionista. Empecé a verlos y la memoria me trajo algunos detalles. Por ejemplo, hay uno en especial que aprecio y me gusta mucho, solo porque viajó desde Japón. Y también están aquellos que diseñaron con mis propias letras y fotografías para regalarlos en un cumpleaños que me festejaron. Fue una sorpresa.

Seguí mirándolos todos. Viendo sus diseños, colores, tamaños, originalidad. Creo que ya es hora de dejarlos volar y entregárselos a otros ojos y quedarme con unos pocos. Y fue cuando decidí que llegó el final de todas mis colecciones.

¿Separador? Aún pienso en su nombre. ¿Me separa o me une?

Quizá por eso sea uno de los motivos que no me acostumbro a leer los libros digitales, ¿dónde estaría mi separador? Prefiero los libros impresos, en los que siempre habrá una llamada en espera: un separador.

 

lunes, abril 01, 2013

Los solitarios

Clarice Lispector

Nadie miente sobre estar solo. 
Robert Prewitt, De aquí a la eternidad.


Qué hermosos nos vemos los solitarios en el cine.
Qué hermosos nos vemos los solitarios en una librería.
Qué hermosos nos vemos los solitarios caminando con el perro.
Qué hermosos nos vemos los solitarios en un café.
Qué hermosos nos vemos los solitarios sentados en un parque.
Qué hermosos nos vemos los solitarios fotografiando un árbol solitario.
Qué hermosos nos vemos los solitarios detenidos viendo un cielo de estrellas.
Qué hermosos nos vemos los solitarios leyendo un libro.
Qué hermosos nos vemos los solitarios corriendo a la orilla del mar.
Qué hermosos nos vemos los solitarios silbando una vieja canción.
Qué hermosos nos vemos los solitarios derramando lágrimas por un amor.
Qué hermosos nos vemos los solitarios escribiendo letras rotas.
Qué hermosos nos vemos los solitarios acostados sobre el césped viendo volar los pájaros.
Qué hermosos nos vemos los solitarios extendiendo nuestras manos.
Qué hermosos nos vemos los solitarios viajando sin destino.




sábado, marzo 16, 2013

Cabeza



Si alguien vio mi cabeza rodando por ahí, déjela ir. No me la regrese. Mejor regáleme una nueva cabeza que mucha falta me hace. Una cabeza que sepa respirar ante la adversidad. Una cabeza que delire felizmente. Una cabeza que sonría aunque esté triste. Una cabeza que cuando escriba lo haga con un pincel. Una cabeza que mire el cielo y pise tierra. Una cabeza que, cuando decida raparse, se vea de lo más linda. Si alguien vio mi cabeza rodando por ahí, déjela ir.

  
 

lunes, febrero 18, 2013

Sentires cinéfilos

Mélanie Laurent




¡Le aceptamos, de los nuestros!
Los soñadores.

Basta sentarse en una butaca, esperar a que se apague la luz y mirar.
Paco Ignacio Taibo I


El cielo fue la primera pantalla cinematográfica que conocí.
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Crecí en un hogar donde el cine era parte de la vida cotidiana. Mis padres dejaban a sus dos hijos solos, o con la nana, para irse al cine. Mi hermano y yo nos quedábamos en casa a ver una película en la televisión. Recuerdo la complicidad y las risas. También recuerdo que al día siguiente mi madre me contaba muy emocionada acerca de la película que acababa de ver, y siempre suspiraba por su actor favorito. Y cuando en la cartelera del cine había películas adecuadas a nuestra edad íbamos todos. En esa época el cine que yo veía era blanco y cómico.
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No olvido la primera película con subtítulos que vi en el cine —esperé mucho tiempo para verla­­—, nadie me dijo acerca de ella, simplemente vi el cartel en el periódico nacional que compraba mi padre. Para que no fuera sola, me enviaron con la nana. En ese cine tan grande pude elegir sentarme casi adelante y entonces descubrí que la nana no sabía leer. Para mí fue inaudito saberlo en el momento que estaba empezando la película. Me dieron ganas de llorar por ella y, al mirar su rostro en la oscuridad, fue cuando decidí leerle todos los subtítulos. Recuerdo que acabé agotada pero satisfecha. Ahora quiero creer que nadie estaba sentado atrás; supongo que no, pues me hubieran callado.
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Alguna vez, mi capitán, fue al cine con mi hermano. Mi tío regresó contando que se rió mucho sólo de ver cómo mi hermano se la pasó riéndose con la película. Sí, mi hermano se reía por todo. Actualmente mi hermano ve poco cine. Prefiere tocar el piano.
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¿Qué pasó conmigo mientras fui creciendo? Me convertí en una amante cinéfila. Tan amante que conforme pasa el tiempo, lo soy más. Y más.
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Elegí estudiar algo que me relacionara con el cine. Lamento no haberle sacado todo el jugo a mi maestro. Me justifico que fui una estudiante que gozaba de la vida en otros aspectos.

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He sido afortunada por rodearme de gente, muy poca, pero muy importante en mi vida que ama el cine. Gente que se ha detenido en mi camino y me aprecia. Entre ellos, personas dedicadas enteramente a esta industria y que siguen produciendo. He compartido casi toda mi vida con alguien que sabe mucho del tema y es la hora que no llego a su altura. Me llena de libros, de revistas, de películas, de carteles, de historias, de todo. Pero no logro llegar a tener su memoria. También, en mi actualidad, gozo de la compañía de alguien que ama intensamente el cine. Acepto con gusto que sigan mostrándome el camino. Me enseñan, me comparten, me sugieren, me regañan, discuten conmigo y vuelven a compartirme películas.
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Trabajar en una producción cinematográfica fue de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Trabajo que trascendió y logró cambiarme la mirada. Y sobre todo, seguir unida en una gran amistad y cariño con la mujer que fue mi jefa y la que me enseñó mucho en ese tiempo: Emilia.
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¿Qué cuáles son mis directores favoritos? No me hagan esas preguntas. Yo soy de las que ve películas para olvidar un poco la realidad actual que se vive en mi país. El cine es mi refugio terrenal. Veo películas para encontrarme en la pantalla, para ver historias y hacerlas mías o rechazarlas, odiarlas o aceptarlas. Para subrayar diálogos, para recordar escenas, para reír, llorar, reflexionar, aprender y divertirme. Para enamorarme de los actores. Veo películas porque es una manera de comprender un poquito más el mundo que vivo o simplemente para soñar. Para darme cuenta que a veces la historia sigue siendo la misma con diferentes personajes. Veo cine para conocer el mundo y para sentirme plena.
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Cuando una película me gusta mucho investigo sobre su historia, y es entonces cuando empiezo a tratar de aprenderme los nombres de los directores y ver su filmografía. Igual con los actores, fotógrafos, músicos y con el resto de la gente que participa. Y así es la manera de saber más o menos qué directores me gustan; pero no es esa mi pretensión. Además, mi memoria no es tan poderosa para aprenderme tantos nombres. Es simplemente sentir el cine. No sé nada de cine, repito, simplemente disfruto el cine.
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Me gusta ver películas después de mucho tiempo. Sentir la fascinación de la segunda o tercera mirada cinéfila. Y constatar que siempre habrá algo nuevo por descubrir, apreciar y volver a sentir.
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Siendo estudiante hice una promesa estúpida para no asistir al cine. Creo que no aguanté ni un mes. Una vez fui al cine a escondidas y al salir, me di cuenta que no estaba dispuesta a cumplir ese sacrificio. Así que rompí la promesa e hice una nueva promesa: nunca abandonar el cine.
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Me gusta comprar películas en la tienda cinéfila. También puedo pasar tiempo viendo el material aunque no compre nada.
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Llevo cinco años con mi inventario cinéfilo con dos propósitos: no olvidar las películas que he visto y compartirlo en el blog, sin sugerir ninguna película. No me gusta sugerir ni criticar películas. Ni estoy en ese papel. En gustos se rompen géneros, dice el dicho.
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Movie era el nombre del perro que no tengo. Me acompañó casi quince años a ver películas a mi lado, cómodamente en casa. Con su nombre, está dicho todo. Sí, Movie.
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Me gusta el cine en todas sus presentaciones: desde la pantalla grande hasta la pantalla pequeña en casa. Podría ver dos películas diarias sin cansarme. Pero no es posible. A veces he logrado ver una diaria. A veces nada. Todo depende de mis circunstancias, pero por lo general, trato de que no pase semana sin que vea alguna.
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Me queda claro que el número de películas que veo debería ser el mismo con los libros que leo. Ojalá lo fuera. Pero, ¿mirar una película no es leer un libro? Sí y no.  Me gusta mucho leer y sé que necesito invertir más tiempo en mis libros.
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Confieso que mi amor por el cine me ha provocado ser una intolerante. Sí. Bastante. No soporto al público con mal comportamiento en la sala del cine. Es un aspecto que cada día me está costando soportar. Si antes me gustaba sentarme en medio de la sala, ahora tengo que sentarme hasta adelante. Mis corajes han aumentado. Las preguntas son: ¿A qué va la gente al cine?, ¿a platicar?, ¿a usar su celular?, ¿a salirse diez veces? ¿Y los que llegan tarde? Qué horror. Insoportable. Podría enumerar más preguntas. He llegado a pensar que dejaré de ir al cine por esta gente, pero enseguida me contesto que no podría. Así que antes de entrar a la sala, respiro lentamente y me mentalizo a tratar de estar lo mejor posible. Pero, al menos me alienta saber que no soy la única y que cuento con alguien que comprende a la perfección mi intolerancia. Otros me han criticado. Otros ya no me soportan con mis quejas. Entonces, vuelvo al preguntar: ¿A qué van al cine? ¿Y qué hacen las empresas exhibidoras para educar al público asistente?
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Soy intolerante desde hace años. Aquí está un texto del año 2007: Intolerancias cinéfilas.
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Fui a ver El Padrino en la pantalla grande. Sólo la había visto en video. La experiencia me hizo sentirme llena de juventud y de mucha nostalgia y de comprender el mundo que habito. (No mancharé este renglón en decir cómo se comportó el público)
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Algún día seré una chica adinerada y podré tener una sala de cine en casa completa para mí. Y por supuesto, invitaré a mis amigos cinéfilos. Nadie más me molestará.
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Yo soy de las que lloro en el cine.
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El cine me acompaña con todas las alteraciones que pueda provocarme. Me guste o no me guste. El cine me ofrece vida.
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Me da miedo quedarme ciega y no poder ver películas. Un día pensé cómo sería mi vejez. Me visualicé viendo películas. Quizá muriendo en una sala de cine o en mi propia casa. Viendo películas.
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Qué hermosos nos vemos los solitarios en el cine.