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| Mélanie Laurent |
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¡Le aceptamos,
de los nuestros!
Los soñadores.
Basta sentarse
en una butaca, esperar a que se apague la luz y mirar.
Paco Ignacio Taibo I
El cielo fue la primera pantalla
cinematográfica que conocí.
Crecí
en un hogar donde el cine era parte de la vida cotidiana. Mis padres dejaban a
sus dos hijos solos, o con la nana, para irse al cine. Mi hermano y yo nos
quedábamos en casa a ver una película en la televisión. Recuerdo la complicidad
y las risas. También recuerdo que al día siguiente mi madre me contaba
muy emocionada acerca de la película que acababa de ver, y siempre suspiraba
por su actor favorito. Y cuando en la cartelera del cine había películas
adecuadas a nuestra edad íbamos todos. En esa época el cine que yo veía era blanco y cómico.
No olvido la primera
película con subtítulos que vi en el cine —esperé mucho tiempo para verla—,
nadie me dijo acerca de ella, simplemente vi el cartel en el periódico nacional
que compraba mi padre. Para que no fuera sola, me enviaron con la nana. En ese
cine tan grande pude elegir sentarme casi adelante y entonces descubrí que la
nana no sabía leer. Para mí fue inaudito saberlo en el momento que estaba
empezando la película. Me dieron ganas de llorar por ella y, al mirar su rostro
en la oscuridad, fue cuando decidí leerle todos los subtítulos. Recuerdo que
acabé agotada pero satisfecha. Ahora quiero creer que nadie estaba sentado atrás;
supongo que no, pues me hubieran callado.
Alguna vez, mi capitán,
fue al cine con mi hermano. Mi tío regresó contando que se rió mucho sólo de
ver cómo mi hermano se la pasó riéndose con la película. Sí, mi hermano se reía
por todo. Actualmente mi hermano ve poco cine. Prefiere tocar el piano.
¿Qué pasó conmigo
mientras fui creciendo? Me convertí en una amante cinéfila. Tan amante que
conforme pasa el tiempo, lo soy más. Y más.
Elegí estudiar algo que
me relacionara con el cine. Lamento no haberle sacado todo el jugo a mi maestro.
Me justifico que fui una estudiante que gozaba de la vida en otros aspectos.
He sido afortunada por
rodearme de gente, muy poca, pero muy importante en mi vida que ama el cine. Gente
que se ha detenido en mi camino y me aprecia. Entre ellos, personas dedicadas
enteramente a esta industria y que siguen produciendo. He compartido casi toda
mi vida con alguien que sabe mucho del tema y es la hora que no llego a su
altura. Me llena de libros, de revistas, de películas, de carteles, de historias,
de todo. Pero no logro llegar a tener su memoria. También, en mi actualidad,
gozo de la compañía de alguien que ama intensamente el cine. Acepto con gusto
que sigan mostrándome el camino. Me enseñan, me comparten, me sugieren, me
regañan, discuten conmigo y vuelven a compartirme películas.
Trabajar en una
producción cinematográfica fue de las mejores cosas que me han pasado en la
vida. Trabajo que trascendió y logró cambiarme la mirada. Y sobre todo, seguir
unida en una gran amistad y cariño con la mujer que fue mi jefa y la que me
enseñó mucho en ese tiempo: Emilia.
¿Qué cuáles son mis
directores favoritos? No me hagan esas preguntas. Yo soy de las que ve
películas para olvidar un poco la realidad actual que se vive en mi país. El
cine es mi refugio terrenal. Veo películas para encontrarme en la pantalla, para
ver historias y hacerlas mías o rechazarlas, odiarlas o aceptarlas. Para
subrayar diálogos, para recordar escenas, para reír, llorar, reflexionar,
aprender y divertirme. Para enamorarme de los actores. Veo películas porque es
una manera de comprender un poquito más el mundo que vivo o simplemente para
soñar. Para darme cuenta que a veces la historia sigue siendo la misma con
diferentes personajes. Veo cine para conocer el mundo y para sentirme plena.
Cuando una película me
gusta mucho investigo sobre su historia, y es entonces cuando empiezo a tratar
de aprenderme los nombres de los directores y ver su filmografía. Igual con los
actores, fotógrafos, músicos y con el resto de la gente que participa. Y así es
la manera de saber más o menos qué directores me gustan; pero no es esa mi
pretensión. Además, mi memoria no es tan poderosa para aprenderme tantos
nombres. Es simplemente sentir el cine. No sé nada de cine, repito, simplemente
disfruto el cine.
Me gusta ver películas
después de mucho tiempo. Sentir la fascinación de la segunda o tercera mirada
cinéfila. Y constatar que siempre habrá algo nuevo por descubrir, apreciar y
volver a sentir.
Siendo estudiante hice
una promesa estúpida para no asistir al cine. Creo que no aguanté ni un mes.
Una vez fui al cine a escondidas y al salir, me di cuenta que no estaba
dispuesta a cumplir ese sacrificio. Así que rompí la promesa e hice una nueva
promesa: nunca abandonar el cine.
Me gusta comprar
películas en la tienda cinéfila. También puedo pasar tiempo viendo el material
aunque no compre nada.
Llevo cinco años con mi
inventario cinéfilo con dos propósitos: no olvidar las películas que he visto y
compartirlo en el blog, sin sugerir ninguna película. No me gusta sugerir ni
criticar películas. Ni estoy en ese papel. En gustos se rompen géneros, dice el
dicho.
Movie era el nombre del
perro que no tengo. Me acompañó casi quince años a ver películas a mi lado,
cómodamente en casa. Con su nombre, está dicho todo. Sí, Movie.
Me gusta el cine en
todas sus presentaciones: desde la pantalla grande hasta la pantalla pequeña en
casa. Podría ver dos películas diarias sin cansarme. Pero no es posible. A
veces he logrado ver una diaria. A veces nada. Todo depende de mis
circunstancias, pero por lo general, trato de que no pase semana sin que vea
alguna.
Me queda claro que el
número de películas que veo debería ser el mismo con los libros que leo. Ojalá
lo fuera. Pero, ¿mirar una película no es leer un libro? Sí y no. Me gusta mucho leer y sé que necesito invertir
más tiempo en mis libros.
Confieso que mi amor
por el cine me ha provocado ser una intolerante. Sí. Bastante. No soporto al
público con mal comportamiento en la sala del cine. Es un aspecto que cada día
me está costando soportar. Si antes me gustaba sentarme en medio de la sala,
ahora tengo que sentarme hasta adelante. Mis corajes han aumentado. Las
preguntas son: ¿A qué va la gente al cine?, ¿a platicar?, ¿a usar su celular?,
¿a salirse diez veces? ¿Y los que llegan tarde? Qué horror. Insoportable. Podría
enumerar más preguntas. He llegado a pensar que dejaré de ir al cine por esta
gente, pero enseguida me contesto que no podría. Así que antes de entrar a la
sala, respiro lentamente y me mentalizo a tratar de estar lo mejor posible. Pero,
al menos me alienta saber que no soy la única y que cuento con alguien que
comprende a la perfección mi intolerancia. Otros me han criticado. Otros ya no
me soportan con mis quejas. Entonces, vuelvo al preguntar: ¿A qué van al cine?
¿Y qué hacen las empresas exhibidoras para educar al público asistente?
Fui a ver El Padrino en
la pantalla grande. Sólo la había visto en video. La experiencia me hizo
sentirme llena de juventud y de mucha nostalgia y de comprender el mundo que
habito. (No mancharé este renglón en decir cómo se comportó el público)
Algún día seré una chica adinerada y podré tener una
sala de cine en casa completa para mí. Y por supuesto, invitaré a mis amigos
cinéfilos. Nadie más me molestará.
Yo soy de las que lloro
en el cine.
El cine me acompaña con
todas las alteraciones que pueda provocarme. Me guste o no me guste. El cine me
ofrece vida.
Me da miedo quedarme
ciega y no poder ver películas. Un día pensé cómo sería mi vejez. Me visualicé
viendo películas. Quizá muriendo en una sala de cine o en mi propia casa.
Viendo películas.
Qué hermosos nos vemos
los solitarios en el cine.