jueves, abril 24, 2014

Los fantásticos libros voladores





Morris Lessmore amaba las palabras.

Amaba las historias.

Amaba los libros.

Su vida era un libro que él mismo escribía, metódicamente, página tras página. Lo abría cada mañana y escribía sobre sus penas, alegrías y todo lo que sabía y anhelaba.


Así empieza la historia de Los fantásticos libros voladores del señor Morris Lessmore, escrito por William Joyce e ilustrado por él y Joe Bluhm. Es una historia inspirada en el corto ganador del Óscar que me hizo volar como si fuera una niña que está leyendo por primera vez. Pero, quizá, pienso, necesitamos ser como niños y desear volar con las páginas de los libros. O ser como Morris: se perdía en un libro y tardaba muchos días en salir.




domingo, abril 20, 2014

Abril

Fotografía de Robert Doisneau


Entre más conozco a los hombres, más te quiero a ti, le dijo siendo una niña inexperta y locuaz. Tenía once años y deseó que él fuera su salvación. Olvidó su pasado, presente y futuro y escribió una nueva vida y vivió reinventándose. Y al detenerse ante un árbol se dio cuenta que en realidad su vida era certera. Cuenta los años a su lado y cada año es un día y un día es un instante que lo recuerda para seguir viviendo. Lamenta sus errores o sus pecados, pero se congratula y tiene paz cuando sabe que perdonar es honrar. Vuelve a contar los años y se siente joven, tan joven que quiere seguir viviendo. Miro el mundo de esa mujer y de esa pareja y al fruto de sus vientres y me dan ganas de habitar en su jardín y no salir nunca más de ahí. Ellos guardan silencio entre el viento del bambú. Lo escuchan como si escucharan el canto de la niña de sus ojos. No sé qué tienen ellos, pero observo tanta complicidad y libertad. No quieren decir los años que llevan juntos compartiendo el pan, el vino, la poesía, el cine, la música, los amigos y el silencio entre tantas mil cosas: pérdidas y encuentros. No quieren decir porque dicen que solo Dios escribió su destino desde antes que nacieran. Pero qué importa, me pregunto, si los miro locos y eternos celebrando la vida a pesar del dolor.


lunes, marzo 31, 2014

Las palabras son mis ojos



Hace nueve años estaba leyendo unos poemas de Octavio Paz y, cuando leí su declaración, No veo con los ojos: las palabras son mis ojos, quedé en un estado de mucho silencio. Como queriendo digerir lentamente sus palabras. Y me provocaron tanto, que la voz del poeta era un eco constante mientras caminaba y miraba. Fue  cuando decidí que así nombraría a mi blog. En esos días estaba por abrirlo y quería saber cómo era contarme la vida a través de mi alfabeto. Al título quise añadirle otra de sus líneas del poema Hermandad: También soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea. Las palabras de Octavio Paz se transformaron en un símbolo en mi vida. Me sentía identificada. Entre tantos escritores y mi devoción por Clarice Lispector, deseaba que este blog llevara el título de un poeta mexicano. Y, a la fecha, no me arrepiento. Sé que me falta leer más de su obra, pero cuando leo su prosa, siempre pienso que es la primera vez y me agrada ese sentir. Nunca me imaginé que a la vuelta de los años conocería al poeta Aurelio Asiain, quien fue muy cercano a Octavio Paz. El destino me tenía marcado que tendría ese privilegio sin buscarlo y esperarlo. Dos veces he compartido el pan con él y Monserrat, su compañera de vida. Las dos experiencias con ellos han sido gratificantes e inolvidables. No me atreví preguntarle a Aurelio por el poeta. Quizá por mi timidez o simplemente porque hablamos de otras cosas, pero me he conformado con lo que le he escuchado en otros medios. Y eso no importa; importa el destino que junta a las personas para tocarlas y seguir viviendo con el recuerdo. Y no olvidar que tocar un árbol, es sentir que en cada una de sus hojas hay Paz.


viernes, febrero 14, 2014

Tijeras

Pintura de Vladimir Kush


El amor es una constante tijera.  



viernes, febrero 07, 2014

El mar en el oído

Rémi escuchando el mar, 1955. Édouard Boubat


Cuando era niña, siempre creí que el mar se encontraba dentro de un caracol. Todos los días, antes de dormir, ponía el caracol en mi oído y me quedaba quieta por largo tiempo escuchando el mar. Me preguntaba cómo el mar podía caber en tan pequeño agujero. Escuchaba su voz tan suave y a veces lejana. Nunca me aburría de escucharlo y, cuando tenía momentos de miedo, mi oído se refugiaba en el caracol. 

La gracia es que yo nací y crecí en un puerto y aún más gracioso es que tenía el mar demasiado cerca. ¿Por qué entonces creía que el mar permanecía en un caracol cuando miraba el inmenso mar todos los días? No lo sé. Lo que sé es que el recuerdo está latente y cuánto daría por volver a tener ese caracol ahora que el mar no está a mi lado.

Sí, yo creía que el mar vivía dentro del caracol. Lo creí firmemente por muchos años. Hasta que la ingenuidad se cansó de mí y me mostró su rostro. Y lloré al saberlo. Sigo pensando que, aunque sea por momentos, deberíamos de ser ingenuos.

Pero no soy la única que vivió momentos de imaginación al lado de un caracol y eso me alegra mucho. La chica Deniss me cuenta que ella, de niña, hacía lo mismo. Le parecía muy raro el sonido, pensaba no que el mar estaba dentro, sino que era como un teléfono marino; que iba a escuchar a los peces hablar.

¿Y si de repente conociera historias de gente que vivió al lado de un caracol? ¿Volvería la inocencia a mi rostro?

No recuerdo quién llevó a casa ese caracol, pero sí recuerdo exactamente cómo era. Para ser exacta, era igualito al de la foto de Édouard Boubat. ¿Acaso seré ese rostro? Empiezo a creer que sí.