domingo, septiembre 21, 2014

Teléfono descompuesto




Ya nadie quiere hablar por teléfono, pero yo seguiré esperando.

Tan bonito que es escuchar a las personas queridas y dejar que el tiempo transcurra sin reloj; conversar, reír y sentir la voz. Pero la mayoría de la gente prefiere la modernidad de los celulares. Cambiaron las orejas cansadas por los dedos largos con letras. También, la gente evita las extorsiones telefónicas o las llamadas de los bancos o las odiosas encuestas o los números equivocados. La realidad es que dicen que es más económico comunicarse a través de los mensajes del celular. Qué tiempos aquellos cuando el teléfono sonaba y todos salían corriendo a contestar. Como si fuera increíble que al otro lado del auricular hubiera vida. Qué tiempos actuales cuando el teléfono es un objeto de decoración. Como si fuera increíble que al otro lado del auricular, no haya nada ni nadie.

Ya nadie quiere hablar por teléfono, pero yo seguiré esperando.

jueves, septiembre 11, 2014

La marca de los libros

Foto: Graciela Barrera


Cuando me preguntan cuáles son los libros que me han marcado, me resulta difícil contestar. No es fácil para una mujer que se propuso aprender a leer a los cinco años de edad y morir con algún libro en las manos. De la infancia puedo recordar el primer libro que leí y también puedo recordar a los clásicos cuentos infantiles. Me han gustado muchos autores y después ya no tanto. Quizá es madurez o estados de ánimos o circunstancias que me hacen dejarlos con un buen recuerdo. También, muchos son mis héroes, que hasta nicho tienen en mi casa. Y otros, son mis amigos. Qué afortunada soy de tener amigos escritores. Ellos también están en un lugar especial en mis libreros que no hay día que no los salude. Tan cerquita de mí. También soy privilegiada al haber escuchado a tantos escritores, conocidos y desconocidos. Y los que me faltan. Desde hace años me propuse a ser una lectora para disfrutar cada libro. Por lo tanto, procuro, que aunque el libro no me haya gustado, busco algo que me deje un camino. Así sea una historia de las más sencilla, leve o profunda. Subrayo suavemente las líneas que me gustan y con el paso del tiempo me gusta abrir esos libros y encontrarme con esos pasajes. Qué bueno que nadie me mira, ni fotografía mi rostro cuando releo esos subrayados. Hasta yo misma me río o me sorprendo al mirar ese lápiz suave en cada libro. ¿Qué estaba pasando en esos momentos de mi vida para haber subrayado eso? Bah, no importa. Tampoco es necesario que me pasara algo. Simplemente me gustó y subrayé. Son colecciones hermosas de sus latidos que se transformaron en mis propios latidos. Pero, es inevitable la pregunta frecuente: ¿qué libros te han marcado? Podría en este momento decir: ¡¡¡Todos!!! También podría decir que Clarice Lispector es la escritora que más me ha influenciado y me ha hecho sentir que soy su hija. Con frecuencia la releo  y tal parece que es la primera vez. Pero para determinar cuál libro me ha marcado, responderé: la Biblia. Entre más la leo, más me siento con vida. Me parece que es bonito tener un encuentro personal con el autor del libro que te ha mostrado el camino.




sábado, agosto 30, 2014

Nueve años de vuelo

Imagen de Andre Kohn



Queda mucho por contar
Mas hay algo que será indispensable decir.
Clarice Lispector


Uno de mis mejores vuelos ha sido escribir. Porque escribir es volar. Y volar es una constante hasta encontrar el destino. Y el destino son esos ojos que se detienen en las líneas ajenas. Y las líneas ajenas se vuelven cercanas cuando se unen corazones. Y los corazones laten entre cada parpadeo. La hoja se detiene a tomar café, porque escribir también es leer.  Y con la lectura vuelvo a emprender el vuelo para seguir celebrando años hasta morir en el intento. Sí, uno de mis mejores vuelos ha sido escribir.

Muchas gracias por detenerse en mi alfabeto.


domingo, agosto 03, 2014

La ventana discreta



Te hablaron del verbo caer. Piensas que caer es volar y que volar es escribir y que escribir es soñar y que soñar es mirar y que mirar es vivir. Te repiten: caer. Olvidaste cuántas caídas llevas en los bolsillos. ¿Por qué te caes con tanta frecuencia? Te preguntan sin saber que te duele estar inmóvil y guardas silencio para no llorar. Tienes todo el tiempo que otros anhelan. Es tu tiempo de reflexionar, reencontrarte con tus fracturas y recoger tus pedazos de agua y tierra.  Recuerdas toda tu vida, lentamente, como si dieras vuelta a las hojas abandonadas de los albúmenes fotográficos. No está completa y no te importa. Sabes que has tenido muchas vidas y que todas han cumplido su ciclo. No deseas regresar a ninguna de ellas. Disfrutaste los instantes y lo has guardado debajo del árbol. Crees que germinarán en frutos cuando seas anciana. Quizá te ayuden a no perder la memoria. Quieres sonreír, a pesar de todo. Estás en cama y no podrás utilizar el pase de abordo que te llevaría a tierras lejanas, ni encontrarte con el perro que estaba a la misma hora y en el mismo lugar mientras tú caminabas. Sólo una lágrima corre por tu rostro y al caer, sientes que la tierra gime y que la mayoría de la gente corre para salvarse. Tú no le das importancia a un temblor cuando padeces el temblor interno. La almohada conoce el respirar de tus secretos y has sobrevivido a tus pesadillas. Pero, de repente, recuerdas todas las ventanas que tiene tu casa, todas están llenas de paisaje y miras hacia tu ventana, tan cercana a ti. Observas detalle a detalle y recuerdas las imágenes de la película que tanto te gustó. Tu ventana no es como esa ventana cinéfila. Tu ventana está llena de vecinos: árboles y plantas de todos los tamaños; flores de todos los colores; montañas que te imponen; pájaros, ardillas, gatos y perros. Puedes escuchar perfectamente la voz del viento y del gallo. Ese es tu mundo, lo que miras y escuchas a través de la ventana. Ningún amanecer ni anochecer es igual. Ahí está la luna, la lluvia y el canto del grillo acompañándote. Tu ventana no necesita de velos, es poderosa y adoras el instante entre lo simple y cotidiano. Fotografías ese momento para guardar el recuerdo porque sabes que en unos días más ya no será la misma imagen. Cambiará al llegar nuevos libros y objetos. No te cansas de mirar a través de tu ventana, tan discreta, tan silenciosa y tan tuya. La ventana discreta te ha hecho olvidar el dolor de tus pies frágiles y tus días transcurren con nuevas historias que nunca serán escritas ni contadas. Te sostienes en tu hoy y agradeces a Dios por todo lo que te dio y quitó. Te levantas con cientos de pies y escribes en tu cuaderno: Estoy navegando en un mundo nuevo: mi libertad.




domingo, julio 20, 2014

Los árboles son mis maestros



por ser mi cómplice al mirar los árboles.




Mantengo una relación intensa, amorosa y permanente con los árboles. Me siento ciudadana en un cielo arbolado. Cuando me refugio entre los árboles dejo de sentir añoranza por el mar, quizá porque pienso que los dos son uno. En ellos encuentro todo: son mis maestros. Puedo detenerme ante uno y quedarme largo tiempo contemplándolo. Siempre les encuentro figuras e imagino muchas historias. Ninguno es igual a otro, cada árbol es único. A veces pienso que me gustan mucho porque al lado de un árbol recibí mi primer beso. Otras veces, digo que nací en uno de ellos. Cuántas veces me he sentido árbol: desde una rama frágil hasta un tronco fuerte; he sido raíz, pero también me han cortado y han hecho leña. Soy una privilegiada al vivir entre una excesiva naturaleza y no puedo alejarme de ella. Me complazco al saber que planté un árbol, tengo una hija y nunca escribiré un libro. Sin embargo, en mi mirada llevo cientos de árboles. Y muchos han sido fotografiados como una manera de guardar testimonio y hacerme sentir que soy una partícula de polvo en el árbol que estoy mirando. O decir: soy ese árbol.